UNSM Aurora Capítulo 2: La batalla por el sistema
Los motores del Aurora rugieron en el frío astillero. La batalla contra unas fuerzas totalmente desconocidas estaba por comenzar, y se notaba en el ambiente del puente de mando.
Aunque la mayoría eran combatientes curtides en batallas anteriores, para algunes era su primera vez en el frente. Se les notaba la tensión, los nervios. Aun así, la imponente figura de Gyre desde su asiento imponía lo suficiente como para que nadie mostrara ni una pizca de miedo. Nadie sabía exactamente a qué se enfrentaban, pero confiaban en su mando y estrategia.
—Aurora a torre de control, solicitamos autorización para el despegue inmediato por orden de la almirante Vortex —solicitaba el oficial de comunicaciones.
—Torre de control a Aurora, autorización concedida,que la batalla os honre y vuestras hazañas os precedan —respondió el jefe de estación, Bret Tyrex.
Las puertas del astillero se abrieron, dejando entrar el vacío del espacio que inundó por completo el interior en segundos, mientras comenzaban a sonar las sirenas de evacuación.
Gyre se puso de pie, aún más imponente con su capa y su traje militar.
—Motores a toda máquina,no sabemos qué nos encontraremos, pero sea lo que sea, les demostraremos por qué a la humanidad nos llaman el virus planetario. Rumbo a Marte, oficial. Debemos detenerlos antes de que lleguen a las colonias.
La oficial de mando asintió e introdujo las coordenadas,a Aurora comenzó a acelerar, dejando atrás el astillero, al llegar a la distancia de seguridad, entró en velocidad de la luz. La ruta indicaba que en 29 minutos estarían en el planeta rojo.
—Voy a descansar un poco. Avísenme de cualquier cosa —dijo Gyre, lanzando un vago saludo militar mientras salía hacia su camarote, donde la esperaba Beth.
Por la mente de la recién nombrada almirante de la flota solo resonaban cuatro palabras: "¿Qué coño ha pasado?". Su cabeza daba vueltas entre teorías y recuerdos de sus seres queridos en la Tierra.
Se sentó en la cama, dejando que Beth se acurrucara en su regazo, era algo que siempre la calmaba, pero esta vez no bastaba. Todo el peso de la flota y de la humanidad que aún quedaba recaía ahora sobre sus hombros y algo más pesado aún: la venganza por todas esas vidas perdidas aquel fatídico 16 de abril del año 2761.
La pequeña gata gris ronroneaba mientras Gyre la acariciaba, mirando al techo con la mente en blanco aunque siempre había mostrado una faceta dura e inamovible, había una persona que lograba ablandar a la vieja loba. Una sola palabra de su voz bastaba para convertirla en una cachorra.
Esa persona era Drex, su esposa y su luz. Científica jefe en una de las mayores empresas de biotecnología de la Tierra. Estaba trabajando cuando la Tierra explotó, tenían vacaciones planeadas en New New York, en Marte, pero Drex se había quedado en el puerto terrestre de Nueva Normandía por un imprevisto. Días después, Gyre fue llamada de nuevo a las armas, lo último que supo de Drex era que trabajaba en un nuevo proyecto antes de salir hacia la luna Europa esa misma noche, sede principal de Archtech.
Los recuerdos la vencieron. Gyre comenzó a llorar.
—Si tan solo le hubiera insistido más... Si tan solo... Si tan solo —repetía mientras Beth, al notar su angustia, se levantaba para dar cabezazos en su rostro.
—Gracias, pequeña —susurró Gyre, abrazando a la gata con fuerza.
—¿Almirante? —llamó la oficial de navegación—. Estamos a 5 minutos de Marte. La esperan en el puente.
Gyre se secó las lágrimas, dejó a Beth en la cama, se recolocó el uniforme y salió al puente.
—¡Almirante en el puente! —anunció el oficial de comunicaciones. Cada vez que la llamaban así, sentía una punzada.
—Informe de situación. ¿Cómo va la evacuación?
—Todas las colonias mineras del sistema han evacuado con éxito. Mercurio, Venus, y las del círculo exterior. Se unirán en Marte cuatro corbetas y dos acorazados que estaban en reparaciones. Europa ha evacuado un 80% y Marte un 30% —anunció el oficial.
—¿Alguna novedad del enemigo?
—Mantienen rumbo a Marte y no hemos detectado más picos de energía, pero deberíamos estar prevenides.
Gyre se giró al canal interno.
—Verx, ¿están listos por allí? Es probable que tengamos que saltar a Tau Centi de emergencia. ¿Cuánto crees que estará listo?
—Buenas tardes, almirante. Por aquí estamos al cien por cien,el salto hiperlumínico tardará 10 minutos en cargarse —respondió Verx, corriendo entre sistemas.
—Perfecto. Agárrense fuerte. Esto va a estar movidito —Gyre cortó la comunicación.
El planeta rojo apareció frente a elles, y miles de pequeñas naves civiles escapaban hacia la atmósfera. A su alrededor, las naves aliadas tomaban posición.
—Oficial, póngame con todes.
Un holograma de Gyre apareció en los puentes de todas las naves.
—Buenas tardes —dijo, firme, con saludo militar—. Nadie será juzgade por huir. Si una sola vida corre peligro, salten pero quien se quede será honrado como un héroe, debemos detenerles mientras Marte evacua. Por la Tierra, por la humanidad. Hoy y siempre, eterna.
—Almirante, el enemigo está a rango. Cuando usted ordene —dijo el radarista.
—¡Adelante! Fuego a discreción. Que todo lo que tengamos vaya contra esas naves. ¡Debemos resistir!
Los cañones de plasma comenzaron a girar, apuntando al objetivo. A lo lejos, emergiendo del horizonte estelar, aparecieron tres colosos metálicos. La más grande, en el centro, dominaba el vacío con una presencia casi antinatural.
No parecían construidas, no al menos por manos humanas. Sus estructuras tenían una fluidez orgánica, como si hubieran crecido en lugar de ensamblarse. El casco de la nave central tenía pliegues y texturas que recordaban a los calamares gigantes de los océanos terrestres, pero hechos de un metal vivo, pulido y oscuro como el grafeno mojado. Se movían con una inquietante suavidad, como si nadaran en el espacio.
Las otras dos, más pequeñas, se posicionaban a sus flancos. Su diseño era aún más extraño: asimétricas, con extremidades mecánicas que se contraían y expandían como si respiraran. Sus superficies palpitaban con un resplandor rojizo, señales inequívocas de que algo dentro de ellas estaba despierto.
Entonces, los torpedos fueron lanzados. Les siguieron los disparos de plasma. Fue un espectáculo luminoso, una orquesta de muerte iluminando la negrura del espacio.
Pero cuando el resplandor se disipó, las naves enemigas seguían intactas. Un escudo de energía casi imperceptible las protegía, curvando los haces de luz y absorbiendo la furia de los ataques.
—¡Sigan disparando! ¡Una y otra vez! ¡No podemos ceder ni un segundo! —gritó Gyre.
Una segunda andanada fue lanzada. Luego una tercera. Cada impacto era recibido con el mismo desprecio por esas criaturas de metal. No reaccionaban. No respondían. Solo avanzaban, silenciosas, indetenibles.
—¡70% y tres minutos, almirante! —anunció el oficial.
—Vamos... —murmuró Gyre.
—¡85%! Un minuto para el salto hiperespacial. Las naves civiles están casi listas.
Entonces, todas las alarmas estallaron a la vez.
—¡Contacto de energía! ¡Han disparado el arma! ¡El proyectil se dirige directamente a nuestra posición! —gritó el radarista.
—¡Abran canal general! ¡A todas las naves: aguanten! ¡Prepárense para el salto a Tau Centi! Oficial, cargue coordenadas.
El haz de luz avanzaba como una lanza de muerte pura.
—Tres...
—Dos...
—Uno... ¡Ahora! ¡Salten ya!
La Aurora y las naves aliadas fueron tragadas por la luz del salto detrás, el rayo impactó donde habían estado. Rozó el costado derecho de la Aurora, causando daños importantes.
—¡Mierda! —exclamó Verx—. ¡Nos ha rozado, los sistemas secundarios están fritos!
En segundos, la Aurora emergió en el sistema Tau Centi, junto a decenas de naves civiles y combatientes supervivientes. Lo habían logrado.
Por ahora.
La Aurora se tambaleaba por los daños. Las luces de emergencia parpadeaban, y algunos paneles soltaban chispas mientras los ingenieros corrían entre cubiertas.
Gyre se mantenía de pie en el puente, sujetándose de la barandilla.
—¿Estado de la nave? —preguntó con voz tensa.
—Hemos perdido el escudo de estribor y los sensores de largo alcance. El sistema de soporte vital está estable, pero el reactor auxiliar está inutilizado. Las cubiertas 7 y 8 han sido selladas por incendios —informó Verx.
—Evacúen esas zonas. Envíen equipos de reparación. Necesito un informe completo en diez minutos. —Se giró hacia la oficial de comunicaciones—. ¿Tenemos contacto con el resto de la flota?
—Sí, almirante. La mayoría ha llegado con daños menores, aunque hemos perdido a la fragata Stern y a la corbeta Hades. Las naves civiles están comenzando a reagruparse.
Un suspiro escapó de los labios de Gyre. Habían sobrevivido, pero apenas. Y el enemigo seguía allá afuera, indetenible.
Beth apareció, trepando con agilidad hasta el regazo de Gyre, que se había dejado caer en su silla, la gata ronroneaba suavemente, como recordándole que aún había algo cálido y vivo entre tanto acero.
La almirante miró al frente, donde el vacío del sistema Tau Centi se abría como una página en blanco. No había estaciones cercanas, ni colonias importantes. Solo algunas sondas y puestos de vigilancia abandonados.
—Necesitamos reconstruirnos. Reparar lo que podamos y entender qué demonios son esas cosas —dijo en voz baja, como para sí misma.
Verx se acercó con una tableta.
—Detectamos una señal de origen humano en la órbita de Tau Centi IV. No figura en los mapas actuales, pero parece una base de investigación antigua. Podría servirnos de refugio temporal.
Gyre asintió con firmeza.
—Rumbo a esa base. Toda la flota. Vamos a tomar un respiro... antes de la siguiente batalla.
Y así, la Aurora giró una vez más hacia lo desconocido. No había certezas, solo la voluntad férrea de resistir. Porque en lo profundo del espacio, la humanidad aún no había dicho su última palabra.
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¿Que aventuras les depara a la tripulación de la Aurora en territorios rebeldes?
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